¿Mamá, dónde se compran los sellos?

La solución está en convertir la educación en una prioridad de verdad, más allá de la vehemencia declarativa

¿Mamá, dónde se compran los sellos?
Por motivos que no vienen al caso, nos pasamos parte de agosto atrapados en medio de la canícula barcelonesa. Uno de los días, salimos a cenar con nuestro buen amigo M, que en esos días encarnaba la figura del Rodríguez de antaño con un plus de dignidad. Llegó a la mesa del restaurante exaltado; nos contó que había abierto “el túnel del tiempo”. Esto es, la caja donde guardaba las cartas que los distintos amigos, ex y esporádicos le habíamos ido mandando a lo largo de los años. Es asombroso, nos dijo, lo que nos contábamos, lo mucho que nos escribíamos, lo mucho que todavía os reconozco en esas líneas escritas hace décadas. Es todo increíble en esas cartas, nos dijo. Mi marido y yo nos adentramos con él en ese túnel: recordamos, nos reímos, tratamos de descifrar lo olvidado, de traducir a la luz presente. Pero mi hijo menor, que estaba con nosotros en la cena, nos miraba anonadado. No entendía nada. Hizo algunas preguntas, sobre quién era esa novia o ese amigo, pero se veía que lo que más le fascinaba era la operativa: cuántas cartas os mandabais, cómo eran de largas, cuánto tiempo perdíais escribiendo… estabais muy colgados, afirmó. ¿Nunca has escrito una carta?, le pregunté yo. Nunca, me dijo él. No sé ni dónde se compran los sellos.

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